Mi madre, y su amor por los libros

Mi madre y su amor por los libros. Literatura. Madre en obra

Aprendí a leer junto a mi madre, cuando preparaba sus clases de literatura. Tenía por costumbre llamar nuestra atención para compartir algún pasaje. Así vine a escuchar a Horacio, Homero, Sheakespeare, Dante. A Jorge Amado, García Márquez, Neruda, Onetti. 
Cualquiera caía en nuestros oídos con aquel “mirá lo qué dice aquí” que largaba al aire para el que quisiera prenderse.

En aquel momento era demasiado niña y estaba eligiendo otras cosas en mi vida. No supe reconocer toda la riqueza de aquellos breves comentarios que intercambiaban mis padres y hermanos.
Pero algo quedó latiendo.
Y cuando pude ver, vi.

Descubrí que en los libros no hay principio ni final. Que uno puede quedarse con el corazón en sintonía y unir las frases con la vida; el texto con la historia personal y afectiva. Darse tiempo para rumiar.

Logré sentir una pasión inexplicable por aquel enamorado y la muerte; saborear la incertidumbre del “vive tu vida, nada fíes del venidero”; y resignarme al ciclo de la muerte y de nuevo la vida esperanzada del “lo sabemos, Señor, lo sabemos y seguimos contigo trabajando”.

Aprendí lo positivo de vivir sin un sentido racional. Esto fue esencial para comprender el necesario dolor de parto que existe a la vuelta de cada esquina. La vida nos da sorpresas, sorpresas  nos da la vida. Y, mientras viva, quiero seguir asombrándome. 
Aunque a veces duela.

La vida sólo puede ser saboreada. No es un problema a resolver, como me enseñaron y quise aprender. Es… así como es. Y tengo posibilidad de ser feliz. En el lugar limitado que me toque,  elegir cómo vivir. Porque para eso he sido creada. Para aceptar brillar. Para llenarme de amor libre y fuerte. De lazos que unen y tejen, como tejía Penélope aquella tela mientras su corazón estaba unido por la intuición: aún no era tiempo de llorar a su amado.

La intuición, supe sin entenderlo, era válida. Era cierta. 
Casi la única arma de la que disponían los héroes que en las historias enfrentaban -una y otra vez- monstruos, traiciones, vericuetos difíciles. Como los que luego debí enfrentar yo al ir metiéndome -sin las palabras de mi madre- en la tierra yerma de mi propia existencia.

Así, tuve que andar tiempo y tiempo guiándome por el recuerdo de lo que no quería, y por aquella esperanza de una tierra prometida. 

Quise creer en la certeza del todo puede cambiar, la misma que hizo emigrar en otro tiempo a nuestro pueblo. La certeza de que el lugar ya no era el que deseaban les hizo posible seguir a Artigas. Caminaron bajo penurias con la confianza puesta en la esperanza de que la vida fuera mejor cruzando el río. 
Nada lo aseguraba. Pura esperanza intuitiva de que la vida valía más que las cosas que dejaban.

Estamos llamados a trascender. A unificarnos. A ser esperanza. 
Dudaremos de nuestra tarea, pero no podemos dejarla a riesgo de volvernos desertores. 
Necesitamos creer que es posible. Evitar aferrarnos a lo probable. Confiar en los caminos que otros ven. Aceptarnos como humanos. Transformarnos.

Dudo que mi madre supiera, en aquel entonces, todo lo que un mirá lo que dice aquí podía llegar a provocar.
Y por ella, por todas, este domingo
¡¡Feliz día a las mamás!!

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