Mitos que intervienen al educar con límites a tus hijos

Coincidirás que sobre límites hay mucha cosa escrita, leída, hablada y explorada.  Y, aún así, si tienes hijos sabes que poner límites:
  1. Es complejo.
  2. No siempre tiene el desenlace que uno espera. 
  3. Nos queda la duda sobre si "los pusimos" bien.
Como si el tema no fuera en sí lo suficientemente difícil, están los mitos que se han creado a su alrededor. Sí, MadreEnObra. Esas narraciones fabulosas, idealizadas, que intentan dar una explicación a la realidad de educar con límites. Narraciones que a veces son a favor y otras en contra.
En esta oportunidad expondré dos mitos que surgen a la hora de señalar límites a los hijos.

Mito 1.- Los límites son la clave.

Este mito hace foco en el adulto. Es utilizado muchísimo por aquellas personas que aspiran a encontrar métodos. En el centro de atención está quien pone el límite, no en el niño.

La narración que rodea a este mito se apoya en la fantasía "Es posible conseguir que tu hijo logre (y aquí va lo que el padre desee que su hijo logre). Sólo se trata de encontrar el estímulo adecuado". 
Primero, quien pone límites debe tener claro qué objetivo desea lograr (que estudie, que no haga X cosa, etc.). Si se posee claridad en los objetivos, el límite ofrece cierta "garantía" de que se llegará a lograr lo deseado.

Casi perfecto.
A tal situación, tal límite. Como una máquina: Input - Output
Para reforzar la adquisición del límite se utilizan estímulos que pueden ser gratificantes (recompensa) o punitivos (castigo). 
Y, cuando no funciona, el mito explica que el reforzamiento propuesto (output) no es de la intensidad adecuada al input. Tienes que poner un límite mayor, más efectivo.

Ah, MadreEnObra. Confieso que este mito dio resultado en otra época. Y justamente eso es lo que lo vuelve inviable para educar hijos hoy: estamos en otra época. Una donde la autoridad exige ser asumida sin autoritarismo.

Una época donde la autoridad exige ser asumida sin autoritarismo.

 
Un ejemplo con base en este mito, es la imposición de límites utilizando estrategias como ésta o sus múltiples variables (caritas en cuaderno, en la túnica, el dormitorio, etc.).

Imagínate en ese lugar: Si cometer un error ya tiene consecuencias molestas y hasta dolorosas, imagínate la humillación que sentirías si lo publican en la puerta de tu casa, o en el lugar de trabajo.

Mito 2.- Los límites limitan.

Este mito hace foco en el niño. De alguna manera apoya la naturaleza innata de las cualidades humanas. Haciendo una apretada síntesis, supone a la sociedad como contaminadora de la esencia natural infantil. Los límites sociales quitan espontaneidad al niño. Si se evitan, se protege esa naturaleza y el niño podrá ser feliz y sano. 

Mira, MadreEnObra, es fácil que este mito nos cale hondo. Mucho más durante los primeros años, en que vemos la frágil belleza espontánea de nuestro hijo, y nos duele someterlo a reglas de una sociedad que tantas veces criticamos.

Pero nuestra humanidad no se despliega únicamente a través de la naturaleza instintiva, sino de la naturaleza cultural. Es inmersos en la cultura que podemos satisfacer nuestras necesidades, incluso las necesidades biológicas.

Cuando los adultos no actúan como comunicadores de la cultura social en que el niño habita, cercenan su cualidad humana. Reducen sus posibilidades de adaptarse a la vida que debe vivir. No es agradable lo que digo, lo sé.

Cuando los adultos no actúan como comunicadores de la cultura social en que el niño habita, cercenan su cualidad humana.

La socialización primaria que realizan estos adultos -porque siempre existe socialización primaria- no ofrece la riqueza que su hijo necesita para que, cuando llegue el momento, pueda intervenir críticamente en la sociedad que le toca vivir.

Un ejemplo con base en este mito, es la continua aceptación de lo que desea el niño como manera de vincularse con otros: Si no desea saludar, que no salude. Si no desea compartir, que no lo haga. Si no desea lavarse...

Enseñarle a desplegar su ser social mediante la incorporación del habla, habilidades corporales comunicativas, habilidades de interacción social, afectivas, etc., empodera al niño. No se trata que siempre tenga que saludar con un beso, por ejemplo, pero sí que siempre tiene que saludar. Y, si el beso no es de su agrado, pues como adultos podemos ofrecer alternativas al saludo (un gesto con la mano, cabeza, un buenos días, etc.)

Los límites como mojones en el camino

Un límite, MadreEnObra, no tiene como finalidad obtener resultados, sino expresar, señalar un "hasta aquí". Y esto nos lleva a tener en cuenta dos consecuencias al educar con límites:
  1. No es natural reconocer los límites socio-culturales. 
  2. La interpretación de los límites no es universal.

1.- No es natural reconocer límites. 

Los límites no forman parte de nuestra naturaleza instintiva sino de nuestra naturaleza cultural. Es decir, una persona reconocerá los "hasta aquí" que le fueron enseñando en la cultura en que creció.
Por ejemplo, si cuando vamos a cenar nos ofrecen palillos en lugar de cubiertos, el éxito al utilizarlos dependerá de nuestro conocimiento anterior y del desarrollo de las habilidades necesarias para usarlos. De manera similar, un niño va a comer sentado si se le enseña poco a poco a sentarse en una silla.

2.- La interpretación de límites no es universal.

Ocurre, MadreEnObra, que un límite es convencional. Por tanto, su interpretación depende de las convenciones, los acuerdos sociales que existen.
Por ejemplo, en ciertas culturas eructar después de comer es de buena educación y en otras no.

Por tanto, un niño no sabe hasta que se le enseña, lo que se ve como correcto o no en su contexto cultural. El límite debe ser resignificado por quienes participan en la situación.

Educar: limitar para liberar

Seguiremos hablando sobre este tema, MadreEnObra, en otros momentos. Pero necesito compartir contigo dos ideas más antes de despedirnos:
  1. Educar con límites permite a una persona elegir. Elegir, incluso, si haré caso o no del límite.
  2. Educar con límites exige tener en cuenta a quienes intervienen en el vínculo. No sólo a quien pone límites ni sólo al niño. Es en el vínculo y reconociendo el contexto, que conviene decidir cómo enseñar límites a nuestros hijos. 
¡Hasta la próxima!

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